El Círculo de Bellas Artes de Madrid está programando este mes de febrero la versión restaurada y extendida (añade algo más de una hora, hasta las casi cuatro de proyección) de La Puerta del Cielo. Ha sido toda una experiencia ver de nuevo esta peculiar película de Cimino, un autor personalísimo que al igual que nos regalara con la más insólita de las películas que se haya rodado sobre Vietnam (El Cazador, con permiso o sin él del apocalíptico Coppola) también consiguió desconcertarnos en su día a todos (gratamente) con este western inclasificable, desasosegante, descorazonador.
La Puerta del Cielo es todo un espectáculo para la gran pantalla que nadie debería perderse. Está concebida para eso, para el gran cine como un marco majestuoso, digno, adecuado, para una de las historias más devastadoras que sobre el fracaso amoroso se hayan filmado nunca, algo que ya hiciera el propio Cimino en 1978 con El Cazador y que dos años más tarde repitiera con esta obra portentosa.
Esto es algo que se entiende fácilmente al asistir al despliegue de una de las más impresionantes puestas en escena que he visto nunca en una película: sus treinta primeros minutos deberían ser el canon a seguir para todo aquel que pretenda comprender cómo se consigue transportar al espectador a otra época, sumarlo al entusiasmo de un estallido de vida juvenil, a su devenir trágico, a su ímpetu por comerse el mundo, a su deseo de amar y ser amado que finalmente no se logrará consumar y que se convertirá en el manantial de dolor oculto que dará sentido trágico, relieve argumental y profundidad dramática a estas dos obras maestras de Cimino.
Porque quien ama como lo hace Kris Kristofferson en esta película, o como Robert de Niro en El Cazador, está condenado a la mayor de las tragedias: a vivir constante, diariamente, la angustia del que no puede satisfacer su deseo de ser feliz junto a la persona querida, del que es torturado sin pausa en el inclemente potro del desamor. Esta es la médula de una película en la que la frustración emocional sutilmente velada, nunca explícita, del protagonista, constituye (en efecto, como en El Cazador), la raíz de su actitud ambigüa ante los acontecimientos, su manera extraña de observar un conflicto social en toda la plenitud de su crueldad para, finalmente, tomar partido.. inútilmente.
El genio de Cimino se revela en sus dos grandes películas al establecer un marco social sangriento e injusto, el de la guerra de Vietnam y el de la masacre perpetrada por la patronal ganadera en Wyoming sobre cientos de inmigrantes venidos de Europa (alemanes y polacos en su mayoría), para dejar que la mirada del que ama sin ser amado se extienda sobre la sangre y el sufrimiento de los demás como el campo fértil en el que ha de germinar su redención.. en efecto, inútilmente.
Porque quien ama como lo hace Kris Kristofferson en esta película, o como Robert de Niro en El Cazador, está condenado a la mayor de las tragedias: a vivir constante, diariamente, la angustia del que no puede satisfacer su deseo de ser feliz junto a la persona querida, del que es torturado sin pausa en el inclemente potro del desamor. Esta es la médula de una película en la que la frustración emocional sutilmente velada, nunca explícita, del protagonista, constituye (en efecto, como en El Cazador), la raíz de su actitud ambigüa ante los acontecimientos, su manera extraña de observar un conflicto social en toda la plenitud de su crueldad para, finalmente, tomar partido.. inútilmente.El genio de Cimino se revela en sus dos grandes películas al establecer un marco social sangriento e injusto, el de la guerra de Vietnam y el de la masacre perpetrada por la patronal ganadera en Wyoming sobre cientos de inmigrantes venidos de Europa (alemanes y polacos en su mayoría), para dejar que la mirada del que ama sin ser amado se extienda sobre la sangre y el sufrimiento de los demás como el campo fértil en el que ha de germinar su redención.. en efecto, inútilmente.
Así, la devastación del marco histórico, la tragedia social, se convierte en el infierno objetivo en el que el propio frustrado de amor se contempla haciendo de la realidad del mal, de la guerra de Vietnam, de la sanguinaria actitud de la patronal de Wyoming, la consagración dramática, externa y catártica, de su propio ego dolorido. La pregunta pertinente es si acaso puede ser de otra manera, si acaso hay otra forma de observar o de entender el mundo cuando es imposible acercar a nuestro lado y para siempre al ser al que hemos dado nuestro amor como quien le ofrece hasta la última gota de nuestra sangre.
Los personajes que retrata La Puerta del Cielo, como ocurre en El Cazador, dan la impresión de ser individuos patéticos, débiles de corazón, sujetos al devenir de sus apetitos y temores, y a la aplastante maquinaria de la crueldad y la corrupción puesta en marcha por los demás. Sentimos una gran emoción al ver ambas películas, un sentimiento de piedad por quienes son masacrados en Vietnam, o por los que son fusilados en las verdes laderas de Wyoming víctimas de las decisiones inicuas de una Asociación de Ganaderos que pagan para matar familias enteras, pero que también empuñan por placer el Winchester para descerrajar un tiro limpio en la cabeza de un pobre inmigrante.

No obstante, sentimos sobre todo, secreta, sutilmente, la gran zozobra que provoca el desamor en Kris Kristofferson y Robert de Niro, y haciendo de esa carencia emocional el motor de toda la acción profunda de los protagonistas, Cimino logra penetrar muy adentro de ellos, tocar su alma dolorida.. y tocar así también nuestra propia alma, haciéndonos resucitar nuestros sentimientos más íntimos justo cuando al ver por primera vez a nuestro amor nos sentimos muy cerca, próximos a que se nos abriera nuestra particular 'puerta del cielo'. Esa cancela que finalmente no se abre para ellos.









































