Este viernes hemos visto en los cines Verdi de Madrid El Ilusionista, una película de dibujos con guión de Jacques Tati e inspiración leal en la forma de expresión y en la figura (sublimada, naturalmente) de este gran director francés.
Aunque precisamente los problemas de los que adolece la película residen a mi juicio en el propio guión, secuencia a secuencia El Ilusionista es un delicioso álbum que recorre la penosa y patética vida de un mago fracasado. Todo contado con el humor peculiar que ya hiciera (relativamente) famoso al desgarbado Hulot en las películas de Tati. Porque el mago Tatischeff, el (anti) héroe de esta película, al que le viene grande la modernidad, la televisión, la música pop, que mantie un constante conflicto con el automóvil, es Hulot, y Hulot como ya saben los que adoran su cine, es el alter ego del propio Tati. A los que amamos el peculiar arte del dibujo, a los que sabemos del poder generador de mitos del cómic, a los que la animación nos regala de vez en cuando una alegría, tengo que decir que no podemos dejar de ver El Ilusionista.
Veo en esta película una gran devoción por el trazo, una magia especial en la representación de caracteres, y una manera satírica y a la vez ingenua de dibujar un mundo que sobreviene y aplasta con crueldad al que ya no tiene ni las claves ni la fuerza para soportar la presión de la tecnología. Y ese deseo de subrayar con sátira el advenimiento de lo que no se puede soportar, creo que se refleja muy bien en la representación de los niños: son crueles y violentos, sin remsión, y casi sin excepción, y esto no puede obedecer sino a un deseo de advertir sobre la conducta hostil de las nuevas generaciones ante un mundo viejo, representado por los trucos enternecedoramente ingenuos del mago Tatischeff, que ya no gusta.
Tati hizo de cada una de sus películas un ring en el que hacía chocar el mundo del desgarbado Hulot con los extraños mecanismos y costumbres que rigen la vida moderna. Fue una manera de advertirnos de lo que hoy ya es una realidad. Los niños de Tati viven entre nosotros, son ya la mayoría, son los tecnócratas deshumanizados o sus víctimas que les sufren pero que desean ser como sus verdugos, son los que votan masivamente a una derecha que predica el individualismo consumista como dogma de fe. Porque fueron niños consentidos a los que adormecieron el sentimiento racional de la solidaridad injertándoles una irreversible fascinación por el consumo de la tecnología. Un gran clarividente este Hulot, o Tatischeff, o simplementeTati, que después de muerto inspira de nuevo otra imperfecta pero deliciosa obra que siempre recordaremos.




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