Ayer vimos The Artist de Michel Hazanavicius en los cine Yelmo Ideal de Madrid. Salimos de la sala felices de haber asistido a un despliegue brillante de cine lúdico, apasionado, preñado de homenajes, guiños y giros a la gran época muda del celuloide. Esto no hubiera sido suficiente no obstante para crear la excelente pelicula que le ha salido a Hazanavicius. Lo que se esconde detrás de esa tramoya fantástica puesta al servicio de recrear sin diálogos aquellos años de gloria muda del cine, es la historia terrible de la encrucijada de uno de aquellos actores que, siendo estrellas de películas mudas, se vieron arrojados fuera de la industria cinematográfica con la irrupción del sonoro, una circunstancia históricamente retratada en obras ya clásicas como El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder.
Pero no es esto exactamente lo que hace única a The Artist, aunque en sí mismo es un contexto adecuado para ambientar el fracaso inapelable de un actor silente al que ya no le dejan pertenecer al mundo del sonoro. No porque, en mi opinión, a lo que nos enfrenta Hazanavicius con el personaje de George Valentin (interpretado por Jean Dujardin) es a la lucha de un hombre por recuperar su capacidad de amar entendida, metafóricamente, como su capacidad de hablar. Hablar se hace en la película verbo amatorio, verbo motor con el que Valentin, incapacitado para ello en la nueva industria, se sentira en consecuencia mudo, impotente para hacer feliz a una chica joven, de sexualidad estridente, toda una nueva estrella del cine sonoro. La película, que podría haber derivado en una reflexión sobre los oropeles entre patéticos y decadentes que siempre se despliegan ante el fin de una época que ha sido gloriosa (como magistralmente retrata Billy Wilder en su película), se va transformado poco a poco, y con dramatismo a veces folletinesco pero siempre dotado de una distancia humorística suficiente, en una parábola sobre la redención a la que todo hombre parece estar destinado.. siempre y cuando deje de lado su orgullo y acepte que alguien le saque del bache ofreciéndole su amor.
La incapacidad de amar, la impotencia sexual que ello provoca, es un hecho complejo que no obedece nunca a una sola causa. Pero desde luego el orgullo ciega a quien la padece y es, con mucho, el principal obstáculo para superarla. Hazanavicius así lo considera jugando metafóricamente con decenas de situaciones en las que su protagonista, Valentin, se retrata como impotente: como cuando en la película que dirige y produce, curiosamente llamada Lágrimas de Amor, cae en un pozo de arenas movedizas y la chica que le acompaña es incapaz de ayudarle a pesar de sus gesticulantes esfuerzos: muere por lo tanto en una película que ha creado dentro de la misma película, es decir, en su propia cabeza.
También resulta curioso que el único ser con el que se comunica Valentin sea con su inseparable perrillo, un encantador animalejo, fiel, atento siempre a salvarle, tanto en sus películas como en su vida de infeliz casado, de las más absurdas situaciones. Claro está que con el perro no necesita hablar: le basta con gesticular. Veo por lo tanto en The Artist toda una parábola sobre la necesidad de entregarnos, de 'hablar' y adaptarnos al ser amado, para alcanzar al fin la comunicación que nos conduzca a una situación culminante, plena, feliz. Si no dejamos de lado nuestro orgullo, si enmudecemos por el miedo natural a la novedad con la que la vida siempre nos supera, si nos obcecamos en no aceptar el reto del 'sonoro' y en consecuencia nos empeñamos en no articular nuestro afecto, nada podrá hacerse para que sacarnos del hoyo. Seguiremos mudos, incomunicados, impotentes, por mucho que la otra parte nos susurre, nos hable, nos grite, nos quiera.





Una reflexión muy lúcida sobre esta maravillosa película.En efecto, el protagonista necesita salir de su ensimismamiento para aprender a ver a los demás, y sólo admitiendo sus propios miedos e incapacidades será capaz de superarlos y de, por fin, amar.
ResponderSuprimirGracias Elena. Ha sido una experiencia deliciosa ver esta película: nos dieron ganas de aprender claqué. Ahora espero que no me defraude El Topo. Ya veremos.
ResponderSuprimir¡Qué ganas de verla! Aquí aun no la han puesto. Y, como siempre, excelente reseña, José Ángel. Los directores deberían pagarte. Los buenos, claro.
ResponderSuprimirUn abrazo
Hola Víctor, gracias por tu comentario. Creo que pasarás un rato delicioso. Los directores son unos rácanos: como mucho, me han regalado entradas. El que más se estiró fue José Luis Cuerda: me regaló una botella de Albariño que cría por tu tierra hace muchos años, por una entrevista que le hice. Saludos y feliz año a los dos.
ResponderSuprimirqué análisis más lúcido, es brutal, me ha encantado. disfruté como cinéfilo enfermizo, pero me has dado por lo menos dos razones para volver a ver esta maravillosa.
ResponderSuprimirya te lo he dicho alguna vez, haces el tipo de crítica-análisis que me gustaría leer y que es muy difícil encontrar en esta españa nuestra.
feliz 2012.
Gracias Senses, y encantado de verte de nuevo por aquí. Me sacas los colores. Es probable que, si no le importa a la Colometa, también vayamos a ver The Artist una segunda vez. Espero que 2012 sea también pare ti un año pletórico de felicidad.
ResponderSuprimirMenos mal que José Luis Cuerda defiende la integridad de la profesión y de los orensanos con su San Clodio. ¡Qué lo disfrutes! Ya he visto la peli. Genial. Preciosa. Me recordó en algo a "Primavera, verano, otoño, invierno, primavera". Creo que en que también entonces pensé "Maravilloso, una película... distinta."
ResponderSuprimirUn abrazo,
Llevas razón Víctor en que la sensación es de haber asistido a algo diferente, y no sólo por la forma (cine mudo) sino por algo más profundo, algo que hoy no es muy fácil de ver: la delicadeza en el tratamiento de un problema, la fina ironía, la fe en la redención del ser humano. Casi Capra, vamos.
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